sábado, 24 de agosto de 2013

Fanáticos de internet


Existe un claro interés en descalificar a quien sostiene tesis que nos desagradan y que entran en contradicción con nuestras opiniones. Es la vieja e inevitable falacia "ad hominem", empleada para cortar el paso a cualquier análisis cuyas conclusiones queramos evitar ilusoriamente señalando que han sido formuladas por un indeseable.

No todas las ideas son, por cierto, dignas de respeto. Las hay ilegales (si atentan contra el orden público), absurdas o inconsistentes (si no forman parte de un discurso inteligible), o simplemente inmorales, en la medida en que no pueden apoyarse en ninguna noción común tenida por válida por personas en su sano juicio. Hay, en fin, ideas erróneas que se sostienen de buena fe, por versar sobre aspectos complejos o poco claros, y otras que son difundidas con empecinamiento a sabiendas de su falsedad.

El vulgo no suele distinguir esta casuística y supone de suyo absurdos, inmorales o incluso ilegales aquellos razonamientos de los que discrepa vivamente, puesto que apuntan a creencias y convenciones que no está acostumbrado a cuestionar, toda vez que se hallan incrustadas en su ideología. El vulgo es fanático por naturaleza.

Greg Prévôt es un ejemplo de ese fanatismo populachero que toca a rebato cuando sus convicciones se ven amenazadas por un discurso susceptible de generar adeptos. Por este motivo se tomó la molestia de recabar mis datos personales y caracterizarme como un enajenado en la página difamatoria por la que en breve va a juzgársele. El propósito de este auto de fe no era otro que ridiculizar y amordazar a quien había osado tocar alguna de las vacas sagradas de la izquierda.



No es casual que Prévôt se regocije especialmente de haber encontrado complicidad en los gerifaltes de la concurrida web Menéame, Ricardo Galli y el segundón Villoslada, con quienes mantiene una obvia sintonía ideológica y, asimismo, una particular concepción de lo que debe ser la "cultura libre", esto es, la cultura de masas controlada por elites que se reservan el derecho de admisión. En consecuencia, los susodichos hicieron uso de la fuerza bruta de sus más de doscientas mil visitas diarias ("la fuerza de internet", en la orwelliana y fascistizante terminología de Villoslada) para difundir la página difamatoria y enterrar en la ignominia pública el debate sobre la legitimidad y alcance del llamado "copyleft", que quise entablar en 2006 con sus más acérrimos defensores. A esto se refiere Villoslada cuando habla de "tocar los cojones a medio internet a base de insultos" y perder, por este pecado de lesa ideología, el derecho a la honorabilidad.


Aunque no es preciso defenderse mientras no obren pruebas suficientes en contra de nuestra probidad, creo conveniente hacerlo en este caso, dado el poder mediático y la capacidad más que contrastada de difundir embustes de la web Menéame y sus responsables.

No es mi estilo recurrir a bajezas en lid dialéctica. Desde que conozco internet, hace más de quince años, sólo lo utilizo para leer o debatir, principalmente sobre temática filosófica o moral. Si se insulta, se ha acabado el debate y todo se reduce a un sonoro choque de cornamentas. Por ello, jamás he entrado a un foro o blog "a insultar", lo que considero una mezquina pérdida de tiempo, pues una cosa es generar polémica y otra muy distinta armar barullo. Esto último es propio de infelices y, cuando media el anonimato, de cobardes.

Mi único cometido, pues, ha sido razonar, esto es, argumentar respetuosamente lo que creo correcto y rebatir lo que estimo equivocado. Ahora bien, si en el acaloramiento de un debate uno recibe un insulto, tiene pleno derecho a devolverlo. A menudo es aconsejable que lo haga, ya que la pasividad ante la agresión podría dar a entender que el insulto es merecido. De aquí no se sigue que éste fuera el objetivo. Se entra a debatir y, ante la incapacidad argumentativa de alguno o varios de los contendientes, el debate se frustra y degenera en una conversación poco civilizada, momento en que procede abandonarlo.

Sin embargo, a veces uno compra su libertad de polemizar en una plaza hostil tolerando recibir toda clase de desprecios e insolencias sin devolverlos. Es el único modo de no dar al administrador del sitio la excusa para la censura, que casi de forma indefectible se aplica sólo al disidente, el cual es purgado con rapidez como elemento perturbador del consenso. Me he visto en esta disposición de forzada mansedumbre en no pocos casos, como simple estrategia para prolongar mi permanencia en una discusión saboteada por personajes airados.

En Menéame no fue distinto. Habida cuenta de mi expulsión por motivos estrictamente ideológicos, y dada mi insistencia en propagar una visión divergente a la allí tenida por canónica, no sólo fui silenciado, sino también excomulgado de la comunidad de hombres decentes, lo que hizo que los serviles Juan Pedro López Cabrera y David Arcos Sebastián orquestaran y escenificaran, a instancias de sus jefes en esa web, el público repudio y separación del internauta díscolo, identificándolo con nombre y apellidos. Por todo ello serán también juzgados en sede penal.

Y ahora escuchen, una vez más, a Villoslada:

"Internet tiene fuerza. Nadie intentará hacer callar sin que se le vuelva en contra".

No hay comentarios:

Publicar un comentario